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El tomate es un alimento poco energético que aporta apenas 20 calorías por 100 gramos. Su componente mayoritario es el agua, seguido de los hidratos de carbono.
Se considera una fruta-hortaliza, ya que su aporte de azúcares simples es superior al de otras verduras, lo que le confiere un ligero sabor dulce.
Es una fuente interesante de fibra, minerales como el potasio y el fósforo, y de vitaminas, entre las que destacan la C, E, provitamina A y vitaminas del grupo B, en especial B1 y niacina o B3. Además, presenta un alto contenido en carotenos como el licopeno, pigmento natural que aporta al tomate su color rojo característico. El alto contenido en vitaminas C y E y la presencia de carotenos en el tomate convierten a éste en una importante fuente de antioxidantes, sustancias con función protectora de nuestro organismo.
La vitamina E, al igual que la C, tiene acción antioxidante, y ésta última además interviene en la formación de colágeno, glóbulos rojos, huesos y dientes. También favorece la absorción del hierro de los alimentos y aumenta la resistencia frente las infecciones.
La vitamina A es esencial para la visión, el buen estado de la piel, el cabello, las mucosas, los huesos y para el buen funcionamiento del sistema inmunológico, además de tener propiedades antioxidantes.
La niacina o vitamina B3 actúa en el funcionamiento del sistema digestivo, el buen estado de la piel, el sistema nervioso y en la conversión de los alimentos en energía.
El potasio es un mineral necesario para la transmisión y generación del impulso nervioso y para la actividad muscular normal, además de intervenir en el equilibrio de agua dentro y fuera de la célula.
Su color rojo característico se debe a la presencia de licopeno, un pigmento que abunda en el tomate maduro. Dicho pigmento, al igual que la vitamina C, es antioxidante. Ambas sustancias, junto con las vitaminas A y E, actúan de forma beneficiosa sobre nuestro sistema inmunológico y protegen al organismo gracias a la reducción del efecto nocivo de los radicales libres.
La respiración en presencia de oxígeno es esencial en la vida celular de nuestro organismo, pero como consecuencia de la misma se producen unas moléculas, los radicales libres, que ocasionan a lo largo de la vida efectos negativos para la salud por su capacidad de alterar el ADN (los genes), las proteínas y los lípidos o grasas (”oxidación”).
Existen situaciones que aumentan la producción de radicales libres: el ejercicio físico intenso, la contaminación ambiental, el tabaquismo, las infecciones, el estrés, dietas ricas en grasas y la sobre exposición al sol.
La relación entre antioxidantes y la prevención de enfermedades cardiovasculares es hoy una afirmación bien sustentada. Se sabe que es la modificación del llamado “mal colesterol” (LDL-c) la que desempeña un papel fundamental en el inicio y desarrollo de la artereosclerosis.
Los antioxidantes pueden bloquear los radicales libres que modifican el llamado mal colesterol, contribuyendo a reducir el riesgo cardiovascular y cerebrovascular. Por tanto, el consumo de tomate, tal y como han puesto de manifiesto numerosos estudios científicos, contribuye a reducir el riesgo de enfermedades degenerativas, cardiovasculares y de cáncer.
Numerosos estudios científicos han puesto de manifiesto que el licopeno tiene propiedades antioxidantes y que, consumido habitualmente en la dieta (10 o más tomas semanales de alimentos ricos en licopeno: sandía, salsa de tomate, uva rosada, pomelo rosado…), contribuye a reducir el riesgo de ciertos tipos de cáncer, en especial el de próstata, y también de páncreas, pulmón y colon. Además, con 200 gramos de tomate al día se cubren el 80% de las necesidades diarias de vitamina C.
En las últimas décadas se han acumulado pruebas que avalan la existencia de una serie de acciones biológicas de los carotenoides -el licopeno es uno de ellos- entre las que se incluyen efectos beneficiosos sobre el sistema inmunológico. Dichas sustancias se alzan como un importante apoyo para aliviar enfermedades carenciales y situaciones patológicas.
El tomate es un alimento de muy bajo valor energético gracias a su alto contenido en agua. Un tomate mediano aporta alrededor de unas 40 calorías, lo que le convierte en un alimento válido en las dietas de control de peso.
Su contenido de fibra le confiere propiedades laxantes. La fibra previene o mejora el estreñimiento, contribuye a reducir las tasas de colesterol en sangre y al buen control de la glucemia en las personas que tienen diabetes. Genera una sensación de saciedad, lo que beneficia a las personas que llevan a cabo una dieta para perder peso, y contribuye a reducir el riesgo de enfermedades gastrointestinales, como el cáncer de intestino grueso.
Durante muchos años se ha prohibido el tomate a las personas que padecen cálculos renales debido a su contenido en ácido oxálico. Esta sustancia, junto con el calcio, forma sales insolubles (oxalato cálcico) que se transforman en cálculos o piedras. Sin embargo, su contenido en ácido oxálico es moderado (5,3 mg/100 gramos), similar al de muchos otros alimentos e inferior al de la lechuga (17 mg/100 gramos), el té (83 mg/100 gramos) o las espinacas (779 mg/100 gramos). Además, el tomate, debido a su alto contenido en potasio y escaso en sodio, es considerado un alimento con efecto diurético y, por tanto, beneficioso para la eliminación de un exceso de líquidos y de toxinas. Esto beneficia a quienes padecen retención de líquidos, hipertensión, hiperuricemia y gota, así como cálculos renales y oliguria.
En diversas hortalizas se han detectado aminas, como la serotonina y la tiramina en el tomate y las berenjenas, y la histamina en las espinacas. Estos compuestos tienen capacidad de provocar reacciones alérgicas o cefaleas en personas susceptibles, lo que hace pensar en la relación de su consumo con la aparición o el mantenimiento de los síntomas. Dado que son hipótesis, no se puede generalizar. Habrá que realizar un exhaustivo examen clínico y dietético, según el caso, para descartar el origen de los síntomas y no hacer la dieta más estricta de lo necesario.
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Del análisis de la planta se desprende la presencia mayoritaria de agua, seguida de hidratos de carbono, el nutriente más abundante, en forma de inulina y fibra; cantidades medias de proteínas en comparación con otras verduras e insignificantes de grasas.
Entre las vitaminas destaca la presencia de B1, E y B3, estas últimas en cantidades poco significativas comparadas con otros vegetales. La B1 interviene en el aprovechamiento de los hidratos de carbono, grasas y proteínas y en el equilibrio del sistema nervioso.
El mineral más abundante es el potasio, si bien se puede considerar a la alcachofa como una de las hortalizas de mayor contenido en magnesio, fósforo y calcio y con cantidades medias de sodio. A pesar de su contenido en calcio, éste, debido a su condición vegetal, se aprovecha menos en el organismo que el calcio que contienen los lácteos u otros alimentos de origen animal.
El potasio es un mineral necesario para la transmisión y generación del impulso nervioso y para la actividad muscular normal. Interviene además en el equilibrio de agua dentro y fuera de la célula.
El magnesio se relaciona con el funcionamiento de intestino, nervios y músculos, forma parte de huesos y dientes, mejora la inmunidad y posee un suave efecto laxante.
La fibra, abundante en las alcachofas, favorece el tránsito intestinal. La inulina es un polisacárido que sustituye al almidón (reserva de moléculas de glucosa en los vegetales) y que también tiene función de reserva (unidades de fructosa en lugar de glucosa).
Lo más destacable de la composición de la alcachofa son una serie de sustancias que no destacan por su cantidad, pero sí por los notables efectos fisiológicos que provocan:
Cinarina y cinaropicrina: compuestos aromáticos responsables del sabor amargo de la alcachofa. La cinarina se conoce por su efecto colerético y diurético. Líneas de investigación actuales se centran en el potencial papel preventivo de la cinaropicrina en enfermedades tumorales.
Ácido clorogénico: compuesto fenólico con capacidad antioxidante.
Esteroles: sustancias vegetales con semejanza química al colesterol animal, con capacidad para limitar la absorción del colesterol en el intestino.
Cinarósido: flavonoide de acción antiinflamatoria.
Ácidos orgánicos (málico y cítrico, entre otros): se sabe que potencian la acción de la cinarina y del cinarósido, entre otras muchas funciones.
La alcachofa ha sido el prototipo de hortaliza sana, de amplio espectro medicinal. Se ha recomendado habitualmente en el campo de la nutrición por considerar que su consumo es muy saludable a distintos niveles del organismo, gracias a sus reconocidas propiedades coleréticas, hepatoprotectoras y diuréticas.
Para niños y deportistas
El crecimiento y desarrollo de los niños y el esfuerzo físico de los deportistas son circunstancias en las que el organismo necesita mayor aporte de hidratos de carbono y, en consecuencia, aumentan las necesidades de vitamina B1. La alcachofa representa una adecuada fuente vegetal de dicha vitamina. Por otra parte, el tabaco y el alcohol reducen la asimilación de esta vitamina, por lo que quienes beben o fuman necesitan más vitamina B1. Lo mismo les sucede a quienes consumen muchos azúcares o dulces.
Buenas digestiones
El alcohol, el exceso de grasa y de proteínas de origen animal, así como ciertos medicamentos, son las principales amenazas para el buen funcionamiento del hígado. Hay alimentos que favorecen la función hepática, o su recuperación tras una afección, y de la vesícula biliar, con lo que mejora la digestión. Son los vegetales con ligero sabor amargo, como la alcachofa, que comparte estas propiedades con la achicoria, la endibia, la escarola, el rábano o la berenjena.
Por un lado, la cinarina, sustancia que proporciona el sabor amargo a la alcachofa, es reconocida por su efecto colerético, es decir, aumenta la secreción de bilis. La bilis es sintetizada por los hepatocitos, se almacena en la vesícula biliar y se vierte al duodeno cuando llegan las grasas de los alimentos. Por otro lado, la inulina, polisacárido abundante en esta verdura, estimula el apetito y favorece la digestión. En relación con estos compuestos, varios estudios clínicos han demostrado la eficacia y seguridad de los extractos acuosos de alcachofa en el tratamiento de la disfunción hepato-biliar y de complicaciones digestivas, tales como sensación de plenitud, pérdida de apetito, náuseas y dolor abdominal. Por ello, las alcachofas convienen a las personas que padecen enfermedades funcionales y orgánicas del hígado, vesícula biliar y vías biliares (se reduce la posibilidad de aparición de cálculos biliares), así como en los trastornos digestivos que de ellas deriven. Esta verdura ayuda en la digestión de alimentos grasos y colabora en la descongestión del hígado porque consigue que la bilis sea menos densa y más fluida.
Prevención de enfermedades
Se trata con diferencia de la verdura más rica en fibra. Se recomienda aprovechar la temporada de las alcachofas e incluirlas con frecuencia en la dieta por los beneficios para la salud que se obtienen de su consumo.
Estreñimiento:
la fibra tiene capacidad de absorber agua, aumenta el volumen de las heces, de manera que ayuda a corregir el estreñimiento. Además, la fibra proporciona sensación de plenitud, lo que conduce a la persona a ingerir menos alimentos.
Hipercolesterolemia:
El consumo de alcachofa contribuye a reducir los niveles de colesterol debido a su riqueza dietética de fibra, que forma geles viscosos que fijan la grasa y el colesterol a nivel intestinal. De esta forma se reduce la absorción de dichas sustancias. Además, hay que tener en cuenta otros componentes de la alcachofa, los esteroles, que potencian aún más el efecto de la fibra e interfieren en la absorción del colesterol de la dieta, así como los compuestos antioxidantes. En diversos estudios clínicos se ha comprobado que varios componentes de la alcachofa provocan un aumento de la secreción biliar y la inhibición de la producción de colesterol endógeno a nivel hepático. Ambos mecanismos contribuyen a la reducción de los niveles de colesterol sanguíneo.
Diabetes:
La inulina es un polisacárido que se metaboliza en el organismo y da lugar a unidades de fructosa, un azúcar asimilable sin la necesidad de insulina. La abundancia en fibra en las alcachofas ralentiza la absorción de la glucosa, con lo que evita elevaciones bruscas de la glucemia. Asimismo, la cinarina y otras sustancias tienen una suave acción hipoglucemiante. Por este motivo, las alcachofas pueden consumirse con absoluta tranquilidad en caso de diabetes.
Magnífico diurético
Una vez más, es la cinarina la que actúa sobre los riñones y provoca un aumento de la diuresis, es decir, de la cantidad de orina eliminada. Esto resulta beneficioso en el caso de sufrir cálculos renales, hiperuricemia, hipertensión arterial, retención de líquidos u oliguria (producción escasa de orina).
Flatulencia
El exceso de fibra hace que las alcachofas puedan resultar flatulentas en general y, de manera particular, para quienes tienen tendencia a trastornos digestivos (aerofagia, dispepsia). Sirve de ayuda terminar la comida con una infusión de manzanilla, anís verde, hinojo, poleo menta o hierbabuena.
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La L-carnitina es la forma activa para el organismo del compuesto carnitina. Es usada entre otras cosas, como complemento dietético para el adelgazamiento. El organismo la produce naturalmente a partir de dos aminoácidos (lisina y metionina) y se encuentra naturalmente en las células del cuerpo sobre todo en las del músculo esquelético y cardíaco. Los alimentos de origen animal como carnes, pescados y lácteos son fuente dietética natural de L-carnitina.
Se encarga del transporte de los ácidos grasos de cadena larga hacia el interior de la mitocondria (central energética de las células), lugar de la célula donde son oxidados o “quemados” para producir energía. Por esta razón las empresas productoras de complementos alimenticios y alimentos funcionales incluyen L-carnitina en la composición de sus productos. Utilizan en muchos casos el gancho publicitario de potente “quema grasas”, justificado por su papel en la producción de energía corporal.
El rol que juega la L-carnitina en el proceso de disminución de grasa corporal es uno de los más controvertidos hoy en día. De hecho, la literatura publicada por las más prestigiosas fuentes de información científica actual, muestra estudios con conclusiones antagónicas que hacen difícil consensuar si la sustancia realmente ayuda a reducir la grasa corporal o no.
Las grandes empresas productoras de L-carnitina defienden sus patentes haciendo referencia a estudios clínicos realizados, sobre todo en animales, y los que están hechos en seres humanos, no son en conjunto, lo suficientemente relevantes a nivel estadístico como para apoyar las atribuciones publicitarias.
A día de hoy las investigaciones que avalan y niegan sus efectos respecto a la pérdida de grasa corporal están igualadas, de lo que se puede concluir que existe una falta de evidencia científica para asegurar que la L-carnitina sea eficaz para la pérdida de peso, y por ende tampoco serán eficaces para este fin los productos que la incluya.
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Un campo en el que se centran numerosas investigaciones es el que estudia el papel de la nutrición en relación con la fertilidad. En este sentido, son diversos los estudios que sugieren que el déficit de ciertos nutrientes afecta a la capacidad reproductiva masculina. Por tanto, cuando una pareja se plantea tener descendencia, es importante la revisión de la alimentación. Pero para una buena fecundación no sólo es importante la nutrición previa al embarazo de la mujer, también es relevante la del hombre.
En los hombres, la mayoría de los casos de infertilidad se debe a un bajo contenido de espermatozoides en el semen (oligospermia) o a la baja movilidad de los mismos. En ambas situaciones, se reducen drásticamente las posibilidades de que los espermatozoides lleguen al óvulo y lo fecunden. No obstante, y pese a los numerosos casos de infertilidad, los especialistas aseguran que muchas de las causas de dificultades para la fecundación responden bien a cambios en los hábitos alimentarios y de estilo de vida.
Los hombres son la parte de la pareja estéril en el 30% de los casos, y por ello cada vez son más las investigaciones centradas en este asunto. Diversos estudios sugieren que el déficit de ciertos nutrientes como el ácido fólico, el cinc y los antioxidantes, afecta, aunque de distinta manera, a la capacidad reproductiva masculina. Ante tal evidencia, a cualquier varón que se esté planteando con su pareja el embarazo, o que esté preocupado pensando que puede ser estéril, le resultará útil conocer ciertas medidas nutricionales. Por ejemplo, algunos nutrientes son esenciales para la formación de los espermatozoides sanos.
Acido fólico. Su deficiencia afecta al número y la movilidad de los espermatozoides. En una investigación realizada por la University Medical Centre Nijmegen, en Holanda, y publicada en la revista ‘Fertility and Sterility’ en el año 2002, los investigadores comprobaron cómo después de un tratamiento conjunto de ácido fólico y cinc se incrementó notablemente el número de espermatozoides en el semen. Otros estudios sugieren que el déficit de ácido fólico produce alteraciones en el ADN del espermatozoide y puede ser causa de defectos congénitos en el futuro bebé. El ácido fólico es muy abundante en verduras de hoja verde, legumbres, cereales integrales y aquellos que estén enriquecidos con dicha vitamina.
Cinc. Es un mineral esencial para la función del sistema reproductor masculino, al estar implicado en el crecimiento y desarrollo de los órganos sexuales. La cantidad y la movilidad del esperma están directamente relacionadas con los niveles de cinc en el organismo. Las cifras de testosterona -hormona sexual masculina- también dependen de la concentración de cinc. Los mariscos, el hígado, las carnes, los pescados, los huevos y lácteos son los alimentos más concentrados con este elemento, que también se encuentra en cantidades modestas en legumbres y frutos secos.
Los órganos reproductivos masculinos (testículos) son muy susceptibles a la acción nociva de los radicales libres, causantes del envejecimiento celular y de trastornos en la capacidad reproductora. Diversas sustancias tóxicas que se concentran en determinados ambientes a los que está expuesto el hombre, como pesticidas, insecticidas y metales pesados (plomo, mercurio, níquel, cadmio), también provocan daño oxidativo en el aparato reproductor masculino, alterando el normal funcionamiento.
Los fumadores, por ejemplo, están expuestos al cadmio que contiene el papel del cigarro, y el cadmio interfiere con la absorción y la utilización del cinc en el organismo, por lo que es más probable la deficiencia del mineral en personas fumadoras. Tal y como se ha descrito anteriormente, la concentración de cinc en los testículos puede ser causa de infertilidad masculina, ya que es un mineral esencial para la formación del esperma, así como para la movilidad de los espermatozoides. A menudo una reducción de la ingesta de alcohol, tabaco y otras drogas, así como la prevención frente a contaminantes ambientales aumenta la producción de esperma.
Una dieta equilibrada con alto contenido de antioxidantes ayuda a revertir algunos de los daños oxidativos provocados por las toxinas ambientales o por los radicales libres generados por el proceso de respiración natural, sobre la función de las gónadas y sobre la calidad del semen.
Vitamina C. Por su carácter antioxidante favorece la desintoxicación de algunos metales pesados como el plomo y el cadmio lo que influye positivamente en la calidad y cantidad del semen y en la función de los órganos sexuales. Como antioxidante, junto a las vitaminas A, E, y minerales como el selenio, protege al ADN del daño oxidativo.
Selenio. Asociado directamente a la función reproductiva masculina, participa en la secreción de testosterona y mejora la movilidad y cantidad de esperma. En forma de suplemento, los especialistas lo suelen recomendar conjuntamente con vitamina E.
Vitamina E. Por su capacidad antioxidante contrarresta la acción nociva de los radicales libres en la movilidad de los espermatozoides y en la calidad del semen. El germen de trigo es la fuente natural más concentrada en vitamina E. Se puede añadir a ensaladas, zumos, etc. para reforzar la dieta con este nutriente. El aceite de oliva virgen extra, y los frutos secos también son un buen recurso dietético en este antioxidante.
Vitamina A. Protege a las células del aparato reproductor masculino del proceso de envejecimiento prematuro producido por los radicales libres. Favorece la fertilidad ya que participa en la formación de esteroides, base de las hormonas sexuales. Esta vitamina abunda en las grasas lácteas (nata, mantequilla), leche entera e hígado. También está presente en forma de betacaroteno (precursor de la vitamina A en el organismo) en la zanahoria, la calabaza, el albaricoque y en la mayoría de las hortalizas de color anaranjado-rojizo, así como en las verduras de hoja verde.
Los vegetales como frutas y hortalizas son los alimentos más concentrados en antioxidantes. Por ello, incluir a diario las tres raciones de fruta y las dos de verduras, contribuye a aumentar la fertilidad. Así lo informaron en una reunión de la Sociedad Americana de Medicina Reproductiva, en la que mostraron los resultados de una investigación. Se constató que el 83% de los hombres infértiles tenían un bajo consumo de frutas y verduras, que se define como menos de cinco porciones al día, en comparación con el 40% de los hombres fértiles. También se observó una menor movilidad espermática en los hombres que comían menos frutas y verduras.
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