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La L-carnitina es la forma activa para el organismo del compuesto carnitina. Es usada entre otras cosas, como complemento dietético para el adelgazamiento. El organismo la produce naturalmente a partir de dos aminoácidos (lisina y metionina) y se encuentra naturalmente en las células del cuerpo sobre todo en las del músculo esquelético y cardíaco. Los alimentos de origen animal como carnes, pescados y lácteos son fuente dietética natural de L-carnitina.
Se encarga del transporte de los ácidos grasos de cadena larga hacia el interior de la mitocondria (central energética de las células), lugar de la célula donde son oxidados o “quemados” para producir energía. Por esta razón las empresas productoras de complementos alimenticios y alimentos funcionales incluyen L-carnitina en la composición de sus productos. Utilizan en muchos casos el gancho publicitario de potente “quema grasas”, justificado por su papel en la producción de energía corporal.
El rol que juega la L-carnitina en el proceso de disminución de grasa corporal es uno de los más controvertidos hoy en día. De hecho, la literatura publicada por las más prestigiosas fuentes de información científica actual, muestra estudios con conclusiones antagónicas que hacen difícil consensuar si la sustancia realmente ayuda a reducir la grasa corporal o no.
Las grandes empresas productoras de L-carnitina defienden sus patentes haciendo referencia a estudios clínicos realizados, sobre todo en animales, y los que están hechos en seres humanos, no son en conjunto, lo suficientemente relevantes a nivel estadístico como para apoyar las atribuciones publicitarias.
A día de hoy las investigaciones que avalan y niegan sus efectos respecto a la pérdida de grasa corporal están igualadas, de lo que se puede concluir que existe una falta de evidencia científica para asegurar que la L-carnitina sea eficaz para la pérdida de peso, y por ende tampoco serán eficaces para este fin los productos que la incluya.
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El té verde (Camellia sinensis) se obtiene secando las hojas de la planta del té por acción del vapor (sistema japonés) o por el calentamiento (sistema chino). Estos procesos casi no alteran su composición química. Estas hojas no se dejan fermentar después de cosechado y antes del proceso de secado, para que retenga los ingredientes activos de la planta (polifenoles).
Los polifenoles son esenciales en la fisiología de las plantas, para la pigmentación, crecimiento, reproducción y protección contra las plagas. Estos polifenoles del té verde, comúnmente llamados catequinas, son precisamente a los que se les atribuye la propiedad anti-obesidad de este tipo de té.
En la última década diversos estudios han sugerido que el extracto de té verde podría actuar de dos maneras en la pérdida de peso: acelerando el metabolismo y ayudando a la disminución de grasa corporal total.
Sobre todo en los últimos tres años se ha multiplicado la aparición de trabajos realizados desde prestigiosos centros de investigación, que han administrado té verde o sus extractos, a personas sanas o a personas con sobrepeso u obesidad y han estudiado sus efectos en su metabolismo y en el tejido adiposo. De este modo se ha superado el obstáculo de contar solamente con estudios “in vitro” (en el laboratorio) o “in vivo” en animales, que apoyaban la hipótesis de los efectos “termogénicos” (de aumentar el gasto energético) o “quema-grasas” de esta planta.
Evidencias científicas de su efectividad:
Diversos estudios en humanos han observado que el té verde o sus extractos podrían reducir el peso corporal a partir del aumento del gasto energético diario que redundaría en una reducción de grasa en el tejido adiposo.
Parece ser que la combinación de té verde junto a cafeína aumenta más el gasto energético y la oxidación de las grasas por la acción sinérgica de la cafeína y los polifenoles del té. No obstante, el mecanismo de acción de los polifenoles no es bien conocido y por esta razón se demanda más investigación en este sentido desde el ámbito científico. Además, la dosis terapéutica para conseguir el efecto publicitado no está bien definida, y un exceso de consumo de té verde o de sus extractos puede producir efectos negativos. Está contraindicado en personas con trastornos cardíacos, arritmias, insuficiencia coronaria, úlcera gastroduodenal, insomnio, epilepsia, embarazo y lactancia y en la infancia. El té verde puede provocar toxicidad en el hígado y puede interaccionar con diversos medicamentos. Estas advertencias no se incluyen en los complementos alimenticios analizados que incluyen té verde.
No se puede recomendar el uso de té verde o los productos que lo contengan en el tratamiento de pérdida de peso, ya que la dosis y la duración del tratamiento no están correctamente definidas como para evitar efectos secundarios asociados a su consumo.
Opiniones de otras webs:
Alimentos contra las grasas « HJFMS EN RED “PUERTO CABELLO” – La Coctelera
Lipotrópicos – Bajando de peso naturalmente | Five Horizons
Cromoterapia: Colores que Sanan « UN MUNDO POR CIVILIZAR (UMPC) – La Cocte..
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Al llegar el verano, nos empezamos a quitar ropa y no podemos esconder la celulitis que se instala en los muslos y caderas del 95% de las mujeres de este mundo.
Piensa que la celulitis es un problema que se origina por la acumulación de grasa, agua y toxinas que nuestro organismo no es capaz de eliminar. Si consigues estimular el sistema linfático, reduces los efectos anti-estéticos y evitas que se agrave el problema.
¿Cómo conseguir depurar y drenar tus cañerías? Aquí tienes 10 consejos para conseguirlo:
1. Mueve tus piernas. Correr, nadar, montar en bici son los mejores ejercicios para luchar contra la piel de naranja. El movimiento no sólo impide la acumulación de grasas al quemarlas para producir energía, también realiza una acción de masaje sobre la piel que moviliza el agua y toxinas activamente.
2. Toma fruta y verduras. La dieta mediterránea es semi-vegetariana, muy rica en vegetales frescos y pescados y pobre en lácteos y carnes. Esta alimentación evita el sobrepeso y es rica en sustancias naturales que ayudan a eliminar las toxinas y los líquidos retenidos en las zonas grasas.
3. Utiliza las plantas con principios venotónicos y anti-edemas que aumentan la resistencia capilar. Las más utilizadas son el castaño de Indias, el rusco, ginkgo y meliloto.
4. Mejora tu tejido conjuntivo. La vitamina C, vitamina E, silicio, zinc y aminoácidos como la prolina, protegen el tejido conjuntivo y ayudan a mantener el colágeno.
5. Utiliza plantas cicatrizantes y regeneradoras epidérmicas. La Centella asiática evita las estrías y mejora la estructura y el aspecto de la piel.
6. Bebe mucha agua. No hay mejor líquido depurativo y tu piel la necesita para mantenerse hidratada.
7. Destierra de tu vida el tabaco, el alcohol, los bollos y el café. Las toxinas no solo empeoran la celulitis, tu salud también lo agradecerá.
8. Olvida el agua caliente, al menos en verano. Utiliza agua templada e intenta acostumbrarte al agua fría para terminar la ducha. La vasoconstricción provocada por el frío mejora el retorno venoso y evita la acumulación de grasas.
9. Toma infusiones anticelulíticas. Las semillas de perejil, hinojo, apio y espárrago son un remedio de fitoterapia para reducir la celulitis. Basta poner una cucharada de la mezcla de semillas en un litro de agua hirviendo y dejar reposar 10 minutos. Si la bebes todos los días, notarás sus efectos diuréticos.
10. Trabaja la zona con masaje y esencias anticelulíticas. El masaje sobre las zonas afectadas combinado con dos o tres gotas de una de estas esencias (diluidas en aceite de almendras dulces) como ciprés, limón, geranio, perejil, enebro, pomelo, mandarina o abedul, mejora el sistema de drenaje y estimula el sistema linfático.
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La sal es uno de los condimentos más populares y tradicionales de la cocina mundial, no en vano su consumo está generalizado y el inicio de su empleo como conservante de alimentos hay que datarlo hace muchos siglos. Procede de la extracción del agua del mar o de yacimientos subterráneos, y se compone de cloro y sodio, minerales esenciales que hemos de incorporar a nuestra dieta a través de los alimentos, dada la importancia de las funciones que desempeñan en nuestro organismo. El problema reside en que el consumo excesivo de sodio está sobradamente identificado como factor de riesgo de la hipertensión arterial, que deriva en situaciones de riesgo cardiovascular.
La presencia de sal en los alimentos se debe a dos funciones principales: realzar su sabor y conservar el alimento. Pero la industria alimentaria añade también a sus productos otras sustancias que contienen sodio, como los aditivos, ya sea con fines conservadores, estabilizantes, emulgentes, espesantes y gelificantes, o como potenciadores del sabor o edulcorantes.
Pero deviene necesario incorporar una cantidad suficiente de sal a nuestra dieta, porque facilita la digestión, ayuda a mantener el nivel de líquidos corporales, permite la transmisión de impulsos nerviosos, la actividad muscular y la adecuada absorción de potasio, y, además, compensa las pérdidas producidas por el exceso de sudoración, vómitos y diarreas.
Sin embargo…
Las necesidades diarias de sal son pequeñas, unos 4 gramos de sal por día, lo que equivale a 1,6 gramos de sodio diarios (1 gramo de sal contiene 390 miligramos de sodio). La OMS recomienda que las personas adultas no superen los 6 gramos de sal al día o, lo que es lo mismo, 2,4 gramos de sodio diarios. Para los niños de 7 a 10 años, el límite es de 4 gramos de sal diarios ó 1,6 gramos de sodio; y para los menores de 7 años, los 3 gramos ó 1,2 gramos de sodio. El problema es que para atender a esta recomendación no sólo hay que controlar, y mucho, la cantidad de sal que el consumidor añade voluntariamente a la comida que prepara y consume, sino que debe evitar o consumir muy moderadamente los numerosos alimentos elaborados que son ricos en sodio.
En nuestro país, los especialistas dan por cierto que cada persona consume de media entre 10 y 12 gramos de sal cada día, lo que representa prácticamente el doble de la dosis máxima recomendada por la OMS. Y quienes más saben de nutrición aseguran que tres cuartas partes de la sal que se consume proviene de alimentos elaborados, no frescos.
Es sabido que nuestra cultura alimentaria es demasiado salada, lo que redunda negativamente en la salud de la población. Por tanto, la mayoría de la gente debe reducir el consumo de sal, y lo óptimo sería que lo hiciera desde la más tierna infancia, educando el paladar desde un principio.
¿Por qué el consumo excesivo de sal es perjudicial?
Cuando en un determinado momento nos pasamos con la sal, bien por comer veinte aceitunas o una lata entera de anchoillas en aceite o cien gramos de jamón curado, este exceso no trasciende de un modo inmediato en nuestra salud, debido a que en condiciones normales el superávit de sal es eliminado fácilmente por el organismo.
No obstante, si el abuso en el consumo de sal se realiza de forma habitual o si el organismo se ve incapaz de eliminar ese exceso (y una de estas dos circunstancias, e incluso las dos, se dan en mucha gente), las consecuencias podrían ser muy graves para la salud. Y, por tanto, la primera medida a adoptar es reducir drásticamente el consumo de sal.
Procede ya describir con cierto detalle los efectos de un consumo excesivo y prolongado de sal: retención de agua, (con el consiguiente aumento de peso y con la exigencia planteada a corazón, hígado y riñones de manejar mayor volumen de líquido y trabajar por encima de sus posibilidades), aumento del riesgo de hipertensión arterial y empeoramiento de los síntomas asociados a enfermedades del corazón, hepáticas y renales. Además, fumadores, diabéticos y obesos ven agravada cualquier disfunción del organismo; el consumo excesivo de sal se ha asociado también a enfermedades tan graves como el cáncer de estómago y la osteoporosis (un alto consumo de sal aumenta la excreción de calcio por la orina, lo que favorece la desmineralización del hueso).
La mayoría de los alimentos frescos no contienen sal, si bien algunos presentan sodio de forma natural; es el caso de las vísceras, como riñones e hígado, o el marisco. Pero la mayor parte de sodio que ingerimos se encuentra en los alimentos procesados -ya por la adición específica de sal, ya por la de aditivos que contienen sodio-, por lo que antes de comprarlos conviene comprobar cuánta sal contienen. Y sería muy sencillo hacerlo si figurara este dato en su lista de ingredientes o en la información nutricional. Porque es frecuente que no figure en los etiquetados. Todavía no es obligatorio informar de ello, salvo cuando los alimentos no aludan de modo destacado a la sal (”bajo en sal”, por ejemplo) en sus etiquetados. Pero no es suficiente con conocer el contenido en sal, ya que algunos aditivos, como el glutamato monosódico E-621 (potenciador del sabor, cuya presencia en los alimentos puede ser de hasta 10.000 ppm, partes por millón) contienen mucho sodio, lo que puede hacer elevar de forma significativa el contenido en este mineral del alimento. Este aditivo es muy común en aceitunas rellenas o con sabor a anchoa, croquetas de jamón, sopas de sobre, gusanitos, pizzas, cubitos de caldo y salchichas, entre otros muchos productos.
Todos debemos controlar la ingesta de sal, porque casi todos abusamos de ella pero deben esmerarse, y limitarla sobremanera, quienes padecen hipertensión o mayor riesgo de problemas cardiovasculares. Hemos de convencernos de que el gusto por la sal es adquirido y, por ello, es del todo posible modificarlo, educarlo. A medida que se ingiere menos sal, la preferencia por lo salado también disminuye. Sólo hay que dar el primer paso, animarse. Para ello pueden servir las siguientes sugerencias.
-Comer más alimentos frescos, que contienen menos sodio.
-Reducir drásticamente el consumo de los más ricos en sodio.
-Ojo con el pan, es una fuente considerable de sal. Quienes acostumbran ingerirlo en grandes cantidades, deberían plantearse el paso al pan sin sal.
-Reducir el empleo de sal cuando cocinamos: cocinemos los alimentos sin apenas sal y dejemos que cada comensal agregue la cantidad que desee al final.
-Reducir el empleo de salsas como mayonesa, mostaza, salsa de soja o ketchup, sustituyéndolas por guarniciones con menos sal: pimientos, patatas, verduras…
-Si se come fuera, pida que le sirvan comida con poca sal, y que las salsas y aderezos se presenten aparte, sin mezclar con el alimento principal del plato.
-Recurra a las cocciones al vapor: al no existir un medio con el que el alimento entra en contacto, no hay cesión de sustancias sápidas a dicho medio, y se conserva mejor el contenido natural del sodio en origen del alimento, por lo que se acusa menos la necesidad de añadir sal.
-Utilice hierbas y especias para condimentar sus platos. No se trata, en este caso, de prescindir la sal, sino de usarla en menor cantidad. En hortalizas y verduras puede usar perejil, albahaca, cebollino, comino, pimienta, zumo de limón.
-Con carnes y pescados combinan muy bien pimienta, pimentón, ajo fresco, ajo y cebolla deshidratados, así como zumo de limón y vinagre. Si se emplea aceite de oliva virgen y vinagre, se encubre un poco la falta de sal.
-Tenga siempre a mano productos bajos en sodio.
-Emplee sal de bajo contenido en sodio (contiene la mitad de sodio que la sal común), sal de cloruro potásico (carece de sodio y se ha de emplear tras el cocinado, porque si no, se vuelve amarga) o la sal marina que, por su sabor más acentuado que la sal común, permite emplear menor cantidad para sazonar las comidas.
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El estreñimiento se caracteriza por una reducción en el número y el peso de las deposiciones que, con frecuencia, se asocia a un endurecimiento de las mismas. Sin embargo, el estreñimiento resulta difícil de definir debido a que es un problema muy subjetivo, con síntomas y molestias muy particulares. Es decir, no resulta fácil concretar qué es un hábito intestinal normal ya que en él influyen factores muy diversos.
Para facilitar su diagnóstico se considera que en una población sana la frecuencia normal de defecación oscila entre tres deposiciones por semana y tres al día, que se expulsan sin dificultad en el 75% de las ocasiones. Si las defecaciones tienen lugar menos de tres veces por semana, se considera que existe un estreñimiento.
Hay momentos en la vida en los que el estreñimiento puede estar más presente. Los niños suelen ser víctimas de la dificultad para defecar; el embarazo también es un momento crítico e incluso con la edad el estreñimiento tiende a hacerse crónico.
Hay mucha gente que dice sufrir estreñimiento, que tiene dificultades a la hora de evacuar, o no lo hace tantas veces como desearía; siente molestias en el abdomen, hinchazón de estómago y gases. Para evitar este malestar, hay quien toma medicamentos laxantes, que son los que le resuelven el problema. No obstante, muchos de ellos tienen efectos secundarios y hacen que el cuerpo se habitúe a ellos, lo que dificulta que la situación se resuelva consumiendo alimentos con fibra o alimentos laxantes.
Un paso clave para evitar y tratar el estreñimiento es revisar la alimentación y observar si la cantidad de fibra presente en la dieta es la adecuada. Según los criterios de dieta equilibrada, se recomienda el consumo de entre 25 y 30 gramos al día de fibra. Esta cantidad se puede conseguir sin dificultad si se consumen a diario dos o tres piezas de fruta, un par de raciones de verdura (una de ellas en forma de ensalada), cereales integrales en forma de pan integral, biscotes, cereales de desayuno, galletas, e incluso el arroz y la pasta integrales. Las legumbres también son alimentos ricos en fibra que conviene consumir entre dos y cuatro veces por semana, dos como plato principal en las comidas
Las frutas frescas, las desecadas, los frutos secos, las hortalizas y verduras, así como las legumbres, son alimentos con abundante contenido de fibra. Dentro de estos grupos, existen algunos alimentos que sobresalen por su contenido en este compuesto, exclusivamente vegetal, y que van a ser más útiles a la hora de tratar el estreñimiento. Entre las hortalizas y verduras destaca la alcachofa (9,4 g de fibra/100 g). Las frutas más laxantes son las frutas del bosque, como grosellas, frambuesas y moras (unos 6-7 g de fibra/100 g), la naranja (8 g/100 g), la granada y el kiwi (3 g/100 g). La cantidad de fibra que aportan el resto de frutas ronda los 2 g/100 g.
En general, los frutos secos (almendras, piñones, avellanas, nueces) y las frutas desecadas (orejones, ciruelas, uvas e higos secos) son los alimentos más ricos en fibra. Su consumo será moderado, ya que los primeros, los frutos secos, contienen mucha grasa, por lo que pueden resultar calóricos e indigestos; y los segundos son una fuente concentrada de azúcares. Un puñado de frutos secos, unos 25 gramos, aporta de 2,5 a 4 g de fibra.
Dentro de las frutas desecadas destacan las ciruelas secas (16 g de fibra/100 g) y, además, sirven como base para elaborar diferentes remedios caseros muy útiles para el estreñimiento, como la compota de pera o manzana con ciruelas. Además, las ciruelas contienen sorbitol (un tipo de azúcar) y derivados de la hifroxifenilxantina, sustancias que junto con la fibra estimulan la actividad de los músculos del colon, lo que favorece la evacuación y evita el estreñimiento.
Un buen plato de legumbres, unos dos cazos, equivale a unos 80-90 g (peso en seco), aporta unos 10 g de fibra. También se convierten en una buena alternativa para enriquecer la dieta en este nutriente, que aumentará si se combinan las legumbres con verduras. Igualmente, los cereales integrales son otros de los alimentos más eficaces contra el estreñimiento, por lo que, en caso de sufrirlo, es aconsejable elegir el pan, los biscotes y las galletas integrales, e incluso la pasta y el arroz integrales. También hay evidencias científicas como para recomendar el consumo diario de yogur u otras leches fermentadas por su eficacia a la hora de disminuir el tiempo de tránsito intestinal y mejorar el estreñimiento.
Un remedio casero para combatir el estreñimiento es dejar en remojo unas cinco ciruelas en un vaso de agua durante 12 horas y, una vez transcurrido este tiempo, comer las ciruelas y beber el agua en ayunas o antes de acostarse. También puede tomarse antes de ir a la cama un zumo de naranja sin colar (para aprovechar toda la fibra presente en la pulpa) con dos o tres ciruelas pasas ablandadas en el zumo. Otros remedios caseros resultan efectivos para muchas personas, como tomar en ayunas un zumo de naranja o un café solo con agua templada y un kiwi.
A la hora de tratar un estreñimiento puede ser que la dieta no sea suficiente. En ese caso será un profesional quien deba valorar la necesidad de tomar un complemento que aporte una cantidad extra de fibra a la dieta. El salvado de trigo o el de avena son algunas de las posibilidades. El salvado de trigo es la cubierta exterior del grano de trigo y una de las fuentes dietéticas más ricas en fibra insoluble, eficaz para estimular los músculos intestinales y tratar esta dolencia.
Las presentaciones son muy variadas ya que el salvado puede tomarse en forma de comprimidos, si bien también se suele añadir a cereales de desayuno o a las galletas. No obstante, tampoco conviene ser exagerado con la toma de complementos. Para el salvado de trigo, no se aconseja tomar más de 20-30 gramos al día para no sentir la consecuencia del exceso, como flatulencia, distensión y dolor abdominal.
El glucomanano es otro de los complementos dietéticos más recurridos en caso de estreñimiento. Se trata de un polisacárido procedente de un tubérculo (”Amorphophallus konjac”). Este compuesto tiene la cualidad de absorber agua formando un gel espeso, que aumenta el volumen del contenido intestinal, lo que acelera los movimientos intestinales y corrige el estreñimiento. El uso habitual de complementos o de medicamentos laxantes puede no ser la mejor solución a largo plazo; la clave para tratar el estreñimiento está en identificar la causa o las causas que lo provocan.
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