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Uno de los puntos clave en el que inciden los dietistas-nutricionistas es aprender a confeccionar los platos con menos calorías. A continuación, ofrecemos sugerencias y trucos para aligerar las comidas de consumo corriente, como guisos, ensaladas, purés, carnes, pescados y postres. Para ello se han rescatado sencillos trucos que permiten eliminar unas 100 calorías por preparación, algo muy útil para poder disfrutar de las comidas sin necesidad de obstaculizar la dieta.

Aunque los alimentos protagonistas de una comida ligera son pobres en grasas y en azúcares sencillos, la forma en la que se preparan es clave para no convertirlos en un plato altamente calórico. Por ejemplo, con frecuencia se cree que la técnica de sofreír es un método de cocción que no añade grasas. No obstante, vegetales como la berenjena, las setas o el calabacín, pueden absorber gran parte del aceite o la mantequilla de la sartén. Por ello, en el caso de las verduras y hortalizas, lo ideal es cocerlas al vapor, en el microondas o hervidas con muy poco agua, y agregar una cucharada sopera de aceite al final. De esta forma se pueden reducir hasta 150 calorías por plato.

El horno es otra opción muy apropiada para este grupo de alimentos. Un plato de calabaza, cebolla, tomate y champiñones asados y aliñados con una salsa de queso quark, media cucharadita de aceite de oliva y mostaza de Dijon aporta 255 kilocalorías por ración, más de 100 calorías menos que un salteado con alimentos similares.

Los aliños y las salsas son otra de las claves para mantener a raya la energía de una buena ensalada. Tan sólo dos cucharadas soperas de aceite de oliva pueden contener 200 kilocalorías, así que cambiar los aderezos de siempre por una salsa de yogur desnatado con un poquito de mostaza, unas gotas de limón y estragón para aromatizar puede reducir el plato en más de 150 calorías. La salsa mimosa con zumo de limón, ajo, perejil y huevo majado también es muy ligera e ideal para combinar con ensaladas de patatas, arroz o pasta.

Tratándose de primeros platos, una buena opción es recrear el puré de patatas, en vez de leche y mantequilla, queso o nata como base se puede utilizar un caldo de verduras o de pollo. Todas los purés, cremas y sopas hechos con leche contienen entre un 25% y 50% más de calorías que los elaborados con caldos, por eso es interesante elegir bien el tipo de sopa y asegurarse de que sus ingredientes no aporten grasa extra.

Los alimentos ricos en proteínas como la carne, el pescado y los huevos son la piedra angular de los segundos platos en nuestra gastronomía. Es posible disfrutar de su sabor mientras se está llevando a cabo un plan de adelgazamiento. Para ello es preciso preparar las comidas usando cantidades más pequeñas, utilizando técnicas culinarias que no añadan grasas y poner atención en el tipo de alimento que se elige.

La principal preocupación acerca de la carne debería ser limitar la cantidad de carne grasa y en caso de consumirla retirarle el tejido adiposo visible. La carne a la que no se le han retirado las partes grasas contiene a menudo un 50% más de calorías que aquélla a la que se le han eliminado. Una solución al dilema de la grasa en la carne es comer más pollo, pavo y conejo; una pechuga de pollo sin piel, por ejemplo, tiene tantas proteínas como un bistec y tan sólo una décima parte de la grasa, por tanto más de la mitad de calorías menos.

Para usar la mitad de carne en las hamburguesas, y ahorrar aproximadamente 90 calorías, es una buena idea adicionarle vegetales; por ejemplo, zanahoria rallada, cebolla, espinacas o setas. Así se puede disminuir el consumo de hasta 40 gramos de carne roja por persona, que son unos 4,5 gramos de grasa. El pescado y el marisco acogen muy bien las cocciones al vapor, el hervido o la parrilla, técnicas culinarias que exaltan su sabor y que no añaden grasas a unos alimentos que, exceptuando el pescado azul, no son ricos en este nutriente.

Siempre que se utilice pescado en conserva vale la pena que sea envasado al natural, ya que el conservado en aceite tiene el doble de calorías. De todos modos, si este último es el elegido como ingrediente, es conveniente escurrirlo, e incluso enjuagarlo bajo el grifo. El enjuague del pescado tanto al natural como en aceite, ayuda a retirar además de grasas, el sodio extra que se le añade durante el procesado.

Combinar los alimentos del mar con verduras y pasta o cereales realza la versatilidad de los platos. Además, a la hora de elegir un complemento proteico para una comida hay que tener presente que cualquier pescado blanco o marisco, aporta por término medio unas 100 calorías menos que cualquier carne. Por ejemplo, mientras que una ración de rape contiene unas 130 calorías, una ración de chuleta de cerdo contiene alrededor de 263 calorías.

Una bebida alcohólica o un refresco azucarado con gas pueden arruinar todo lo ganado con la confección de unos platos bajos en grasas y azúcares. La mejor bebida que complementa una dieta hipocalórica es sin duda el agua; no obstante, también se pueden utilizar zumos de frutas u hortalizas rebajados con hielo si son comerciales o, en el caso de tomar vino habitualmente, hacerlo con gaseosa.

El pan, tan instaurado en nuestros hábitos alimentarios, debería de ser en este caso un pequeño complemento de los platos. Si es integral no tiene menos calorías pero sí más fibra, que ayuda a saciarse y a comer menos.

El toque final de cualquier comida satisfactoria lo da el postre. Las frutas son la mejor elección; frescas, asadas o como ingredientes de sorbetes, mezcladas con yogur desnatado o en compota. Utilizar frutas para añadir dulzor a los postres es una de las mejores formas de eliminar de la dieta algunas de las tentaciones gastronómicas más peligrosas, como los mousses, los helados y las tartas de todo tipo que suelen coronar cualquier menú de celebración o de restaurante

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Hacer ejercicio al mismo tiempo que cocina, mientras lee un buen libro o disfruta de una película e, incluso, cuando ayuda a sus hijos a hacer los deberes. No parece mala idea pero, ¿cómo se puede conseguir? La respuesta, una modalidad de ejercicio físico basada en el entrenamiento mediante aparatos vibratorios aplicables a una zona concreta del cuerpo o a un determinado conjunto muscular. Para ello se utilizan plataformas vibratorias, mancuernas o cables adheridos al cuerpo.

En general, optan por este tipo de entrenamiento aquellas personas que practican un deporte de manera habitual y buscan una alternativa al ejercicio con pesas que produzca respuestas musculares parecidas. Sin embargo, la publicidad en los distintos medios de comunicación sobre las bondades del ejercicio físico con vibraciones ha contribuido a que personas poco habituadas a practicar algún tipo de deporte utilicen este sistema que, aunque pueda resultar conveniente en momentos concretos y recomendado por profesionales, en ningún caso altera el tejido graso, ni la celulitis. Tampoco se pierde peso, ni se logra estar en forma en una semana, por lo que queda invalidado el principal reclamo de la publicidad. Aún así, la comunidad científica continúa sus investigaciones con aquellos que usan de forma cotidiana el entrenamiento vibratorio con el objetivo de averiguar si es realmente efectivo.

Efectos sobre distintos sistemas del organismo:
Las consecuencias del movimiento vibratorio sobre el organismo son las siguientes:
.- Sistema neuromuscular: con cinco series de 30 segundos a 30 Hz se producen 4.500 contracciones musculares y su efecto es similar al del entrenamiento con ciclos de estiramiento-acortamiento (pesas), pero de una forma más controlada. Mejora la activación del músculo, su rapidez de respuesta, la fuerza, la potencia y, además, se ha comprobado que también contribuye a alcanzar una buena flexibilidad y agilidad.
.-Sistema endocrino: se ha probado que el entrenamiento con vibraciones provoca un aumento tanto de la hormona del crecimiento como de la testosterona, un descenso del cortisol y una ligera reducción de la glucosa en sangre.
.-Tejido óseo: en el laboratorio se ha observado que oscilaciones de baja frecuencia y amplitud estimulan la formación de osteoblastos (células que regeneran la estructura ósea), por lo que este método de tratamiento podría utilizarse en la prevención y tratamiento de la osteoporisis. Estos efectos, sin embargo, se encuentran todavía en fase de estudio.
.-Sistema cardiovascular: durante los estímulos vibratorios se produce un aumento de la presión arterial sistólica y de la frecuencia cardiaca, pero finalizado el ejercicio descienden, lo que podría deberse a un efecto vasodilatador y a la disminución de las resistencias vasculares periféricas. Sin embargo, este punto es controvertido ya que hay estudios que no han encontrado tales diferencias ni variaciones significativas.
Este tipo de entrenamiento tiene numerosas aplicaciones en el deporte y la rehabilitación y, además de los mencionados efectos, aporta resultados positivos sobre los músculos, tendones, huesos y articulaciones, además de mejorar la potencia, la fuerza máxima y la explosiva, la velocidad, la agilidad y la flexibilidad. La facilidad de uso de las máquinas de vibraciones, el poco tiempo requerido para que se obtengan resultados, las mínimas probabilidades de que aparezcan lesiones y, para algunos, la comodidad de poder practicarlo en casa, convierten este ejercicio vibratorio en una alternativa o un recomendable complemento a otros tipos de ejercicio.

Sin embargo, pese a los beneficios demostrados, desde la comunidad médica se insiste en que todavía hay mucho que investigar sobre los efectos en el organismo de este tipo de entrenamiento y se recomienda no abusar de él. Se ha constatado que, en caso contrario, se pueden dar casos de edemas (hinchazón) y una importante degeneración de las fibras musculares. En definitiva, efectos contrarios a los deseados

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La sal es uno de los condimentos más populares y tradicionales de la cocina mundial, no en vano su consumo está generalizado y el inicio de su empleo como conservante de alimentos hay que datarlo hace muchos siglos. Procede de la extracción del agua del mar o de yacimientos subterráneos, y se compone de cloro y sodio, minerales esenciales que hemos de incorporar a nuestra dieta a través de los alimentos, dada la importancia de las funciones que desempeñan en nuestro organismo. El problema reside en que el consumo excesivo de sodio está sobradamente identificado como factor de riesgo de la hipertensión arterial, que deriva en situaciones de riesgo cardiovascular.

La presencia de sal en los alimentos se debe a dos funciones principales: realzar su sabor y conservar el alimento. Pero la industria alimentaria añade también a sus productos otras sustancias que contienen sodio, como los aditivos, ya sea con fines conservadores, estabilizantes, emulgentes, espesantes y gelificantes, o como potenciadores del sabor o edulcorantes.

Pero deviene necesario incorporar una cantidad suficiente de sal a nuestra dieta, porque facilita la digestión, ayuda a mantener el nivel de líquidos corporales, permite la transmisión de impulsos nerviosos, la actividad muscular y la adecuada absorción de potasio, y, además, compensa las pérdidas producidas por el exceso de sudoración, vómitos y diarreas.

Sin embargo…
Las necesidades diarias de sal son pequeñas, unos 4 gramos de sal por día, lo que equivale a 1,6 gramos de sodio diarios (1 gramo de sal contiene 390 miligramos de sodio). La OMS recomienda que las personas adultas no superen los 6 gramos de sal al día o, lo que es lo mismo, 2,4 gramos de sodio diarios. Para los niños de 7 a 10 años, el límite es de 4 gramos de sal diarios ó 1,6 gramos de sodio; y para los menores de 7 años, los 3 gramos ó 1,2 gramos de sodio. El problema es que para atender a esta recomendación no sólo hay que controlar, y mucho, la cantidad de sal que el consumidor añade voluntariamente a la comida que prepara y consume, sino que debe evitar o consumir muy moderadamente los numerosos alimentos elaborados que son ricos en sodio.
En nuestro país, los especialistas dan por cierto que cada persona consume de media entre 10 y 12 gramos de sal cada día, lo que representa prácticamente el doble de la dosis máxima recomendada por la OMS. Y quienes más saben de nutrición aseguran que tres cuartas partes de la sal que se consume proviene de alimentos elaborados, no frescos.

Es sabido que nuestra cultura alimentaria es demasiado salada, lo que redunda negativamente en la salud de la población. Por tanto, la mayoría de la gente debe reducir el consumo de sal, y lo óptimo sería que lo hiciera desde la más tierna infancia, educando el paladar desde un principio.

¿Por qué el consumo excesivo de sal es perjudicial?
Cuando en un determinado momento nos pasamos con la sal, bien por comer veinte aceitunas o una lata entera de anchoillas en aceite o cien gramos de jamón curado, este exceso no trasciende de un modo inmediato en nuestra salud, debido a que en condiciones normales el superávit de sal es eliminado fácilmente por el organismo.

No obstante, si el abuso en el consumo de sal se realiza de forma habitual o si el organismo se ve incapaz de eliminar ese exceso (y una de estas dos circunstancias, e incluso las dos, se dan en mucha gente), las consecuencias podrían ser muy graves para la salud. Y, por tanto, la primera medida a adoptar es reducir drásticamente el consumo de sal.

Procede ya describir con cierto detalle los efectos de un consumo excesivo y prolongado de sal: retención de agua, (con el consiguiente aumento de peso y con la exigencia planteada a corazón, hígado y riñones de manejar mayor volumen de líquido y trabajar por encima de sus posibilidades), aumento del riesgo de hipertensión arterial y empeoramiento de los síntomas asociados a enfermedades del corazón, hepáticas y renales. Además, fumadores, diabéticos y obesos ven agravada cualquier disfunción del organismo; el consumo excesivo de sal se ha asociado también a enfermedades tan graves como el cáncer de estómago y la osteoporosis (un alto consumo de sal aumenta la excreción de calcio por la orina, lo que favorece la desmineralización del hueso).

La mayoría de los alimentos frescos no contienen sal, si bien algunos presentan sodio de forma natural; es el caso de las vísceras, como riñones e hígado, o el marisco. Pero la mayor parte de sodio que ingerimos se encuentra en los alimentos procesados -ya por la adición específica de sal, ya por la de aditivos que contienen sodio-, por lo que antes de comprarlos conviene comprobar cuánta sal contienen. Y sería muy sencillo hacerlo si figurara este dato en su lista de ingredientes o en la información nutricional. Porque es frecuente que no figure en los etiquetados. Todavía no es obligatorio informar de ello, salvo cuando los alimentos no aludan de modo destacado a la sal (”bajo en sal”, por ejemplo) en sus etiquetados. Pero no es suficiente con conocer el contenido en sal, ya que algunos aditivos, como el glutamato monosódico E-621 (potenciador del sabor, cuya presencia en los alimentos puede ser de hasta 10.000 ppm, partes por millón) contienen mucho sodio, lo que puede hacer elevar de forma significativa el contenido en este mineral del alimento. Este aditivo es muy común en aceitunas rellenas o con sabor a anchoa, croquetas de jamón, sopas de sobre, gusanitos, pizzas, cubitos de caldo y salchichas, entre otros muchos productos.

Todos debemos controlar la ingesta de sal, porque casi todos abusamos de ella pero deben esmerarse, y limitarla sobremanera, quienes padecen hipertensión o mayor riesgo de problemas cardiovasculares. Hemos de convencernos de que el gusto por la sal es adquirido y, por ello, es del todo posible modificarlo, educarlo. A medida que se ingiere menos sal, la preferencia por lo salado también disminuye. Sólo hay que dar el primer paso, animarse. Para ello pueden servir las siguientes sugerencias.

-Comer más alimentos frescos, que contienen menos sodio.


-Reducir drásticamente el consumo de los más ricos en sodio.
-Ojo con el pan, es una fuente considerable de sal. Quienes acostumbran ingerirlo en grandes cantidades, deberían plantearse el paso al pan sin sal.
-Reducir el empleo de sal cuando cocinamos: cocinemos los alimentos sin apenas sal y dejemos que cada comensal agregue la cantidad que desee al final.
-Reducir el empleo de salsas como mayonesa, mostaza, salsa de soja o ketchup, sustituyéndolas por guarniciones con menos sal: pimientos, patatas, verduras…
-Si se come fuera, pida que le sirvan comida con poca sal, y que las salsas y aderezos se presenten aparte, sin mezclar con el alimento principal del plato.
-Recurra a las cocciones al vapor: al no existir un medio con el que el alimento entra en contacto, no hay cesión de sustancias sápidas a dicho medio, y se conserva mejor el contenido natural del sodio en origen del alimento, por lo que se acusa menos la necesidad de añadir sal.
-Utilice hierbas y especias para condimentar sus platos. No se trata, en este caso, de prescindir la sal, sino de usarla en menor cantidad. En hortalizas y verduras puede usar perejil, albahaca, cebollino, comino, pimienta, zumo de limón.

 

-Con carnes y pescados combinan muy bien pimienta, pimentón, ajo fresco, ajo y cebolla deshidratados, así como zumo de limón y vinagre. Si se emplea aceite de oliva virgen y vinagre, se encubre un poco la falta de sal.


-Tenga siempre a mano productos bajos en sodio.
-Emplee sal de bajo contenido en sodio (contiene la mitad de sodio que la sal común), sal de cloruro potásico (carece de sodio y se ha de emplear tras el cocinado, porque si no, se vuelve amarga) o la sal marina que, por su sabor más acentuado que la sal común, permite emplear menor cantidad para sazonar las comidas.

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Los niveles de triglicéridos aumentan por el esceso de glucosa en el torrente sanguineo.

Los órganos que más glucosa consumen de todo el cuerpo son el cerebro, los músculos y el hígado. Por la noche, mientras dormimos, la actividad de estos órganos disminuye de forma notable, por lo que no precisan un aporte considerable de glucosa. La glucosa que no se metaboliza está circulando durante horas por la sangre, y el organismo de cualquier persona sana pone en marcha mecanismos hormonales para regular los niveles de glucosa en sangre; es decir, secretará la dosis de insulina suficiente para regular la glucemia (niveles de glucosa en sangre).

En muchos casos de obesidad ,pero no en todos, los mecanismos hormonales del individuo para regular la glucemia no son eficientes, y parte de la glucosa que circula por la sangre se transforma en triglicéridos (grasas) que se acumulan en el tejido adiposo.

Por tanto, una postura razonable y saludable para perder peso ,  y por ende, reducir los niveles de triglicéridos, consiste en “disociar” la cena , no necesariamente toda la dieta, y hacerla a base de vegetales y alimentos proteicos (carnes magras, pescados, huevos, jamón…), obviando los que aportan hidratos de carbono (pan, arroz, pasta, patatas y legumbres), o consumiendo éstos últimos , mejor sus versiones integrales, en pequeña cantidad, siempre y cuando se hayan tomado en su justa medida a lo largo del día.

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Son múltiples las causas de depresión entre los obesos. El gordo es un ser que vive casi permanentemente deprimido porque está muy insatisfecho con su apariencia física. La vanidad humana está en estrecha relación con la capacidad de llamar la atención de modo positivo, de atraer las miradas de admiración o de deseo. Si las miradas son burlonas, es evidente que despiertan un sentimiento contrario, una profunda sensación de humillación. Y cuando una persona tiene de sí un mal concepto, puede tomar cualquier tipo de mirada como desdeñosa. Nada deprime más al ser humano que sentirse humillado.
Otra causa de la depresión del gordo son sus reiterados fracasos en llevar a cabo los regímenes. Comienza con muchas esperanzas, no logra sus objetivos y se deprime. Se deprime además porque vive un eterno estado de privación, impedido de satisfacer su gula, cosa que lo hace sufrir más aún cuando, en la convivencia social, no puede imitar la conducta de los flacos. Esto hace del gordo no sólo un deprimido, sino también una persona envidiosa y ávida de éxitos en otros campos de actividad. Se deprime porque no soporta la privación por largo tiempo y viola sus reglas y propósitos, lo que genera en él sentimientos de culpa como si hubiese traicionado las expectativas de los demás, cuando en realidad son las suyas. Se deprime porque no se siente cómodo para gesticular, bailar, correr o nadar. Se deprime ante la idea de ir a la playa porque debido a su vanidad se sentirá disminuido frente a los demás. Se deprime cuando va a comprar ropa y nada de lo que es lindo le sirve. Se deprime cuando camina por la calle y los chicos le hacen algún tipo de desprecio. Se deprime porque los pies le duelen y la espalda también. Y podríamos mencionar otros casos similares.
Es evidente que muchas de estas causas de depresión sólo podrán desaparecer cuando la persona deje de ser gorda y haya vencido este monstruoso círculo vicioso que lo lleva a la obesidad. Es importante señalar una vez más que esta condición provoca enormes sufrimientos psíquicos, difíciles de evaluar para aquellos que no experimentan esa situación en carne propia. Al parecer, es difícil para la mayoría de los individuos tomar en serio este estado de enfermedad. Es enfermedad, al menos desde el punto de vista psíquico, y así se la define por el grado de dolor y de tensión que impone a quien la padece. Es probable que esta dificultad sea precisamente la consecuencia del hecho de que los gordos hacen un enorme esfuerzo para demostrar que no sufren, lo que es una gran mentira.
Es difícil concebir que se pueda sentir realmente alegre y feliz una persona que se mire en el espejo y se vea deformada, sabiendo por añadidura que está en ese estado por su propia “culpa” y que sólo de ella depende cambiarlo. Aparentemente, el proceso de curación es simple, pero el individuo no consigue tener éxito. La situación es terrible porque la depresión aumenta la sensación de abandono, que a su vez aumenta el vacío en el estómago, asociado, en estas personas, a la sensación de hambre. Esta se atenúa con la alimentación, alivio de la depresión y factor generador de la depresión siguiente. Comer para poner remedio a la tristeza de ser gordo no es un buen remedio, pese a que acaba por determinar algún equilibrio en torno de esa solución, precaria pero muy estable, a tal punto que puede durar varios años.
La depresión altera el metabolismo y, según creo, lo disminuye bastante. Esto ayuda a que el gordo aumente de peso con mayor facilidad, deprimiéndolo más aún. Si se dedicara a seguir una dieta estricta, también la privación tendería a disminuir el metabolismo, aumentando las probabilidades de que el enorme esfuerzo arroje resultados mediocres, cosa que agrava la depresión y contribuye a acentuar las transgresiones al régimen y un nuevo aumento de peso.
La depresión lleva a la astenia física — pereza, debilidad muscular, falta de disposición para el ejercicio — y también esto reduce el metabolismo, agravado por el hecho de que el gordo siente vergüenza de su cuerpo y por eso mismo es proclive a moverse lo menos posible.
Resulta más que evidente, al menos así lo creo, que las dietas rigurosas para un adelgazamiento rápido — que imponen un estado psíquico de extrema privación de alimentos — sólo podrán ser de alguna eficacia si están asociadas a una medicación estimulante del humor. Esta medicación puede encubrir una depresión mayor e impedir la dramática caída del desgaste energético que esta situación provoca. Esto se traducirá en algunos resultados positivos siempre que las personas utilicen la droga, de la que con frecuencia se tornan dependientes. Su supresión determina una fuerte reacción depresiva con la consiguiente tendencia a la bulimia. El hecho — raro — de que algunas personas logren adelgazamientos estables por esta vía no justifica los riesgos de perjuicios a la salud y al equilibrio emocional. Hay quienes soportan largos períodos de privación sin deprimirse y son capaces de conseguir una pérdida efectiva de peso, pero, de acuerdo con mi experiencia, siguen siendo verdaderos gordos, portadores de todo el cuadro mental que describí.
Por otro lado, la mayor parte de las personas piensan en la dieta como una especie de sacrificio temporario, como algo que nos permite adelgazar para poder después hartarnos de comida sin culpas. Desde luego que esta actitud llevará al individuo a engordar de nuevo como antes, puesto que durante el sacrificio inherente al régimen está mitificando todas las comidas a las que no tiene acceso en ese período negativo. Sueña con ellas y les atribuye una importancia indebida.
No es éste el rumbo apropiado para alguien que quiera dejar de ser gordo. Lo que sí debe hacer es terminar con los mitos asociados a la alimentación y a la recuperación de la relación de placer natural que esa función tiene en nuestra especie y que se une a las necesidades de supervivencia propias de todos los animales.
Sólo hay un camino seguro para evitar cualquier tipo de círculo vicioso asociado a la obesidad: recuperar este modo simple y espontáneo de comer que tienen todos aquellos que no están obsesionados por los kilos de más; realizar enseguida los cambios en los hábitos alimentarios y en la filosofía del acto de comer que he tratado de describir en detalle. El gordo tendrá que empezar a verse inmediatamente como una persona normal y aceptar que su peso disminuirá en forma gradual, a lo largo de varios meses de vida alegre y libre ya de privaciones. Si una persona se alimentara del modo adecuado para mantener su peso ideal (y una vez adquiridos los hábitos naturales es esto lo que ocurre) y aun así estuviera por encima de este peso, al poco tiempo llegará adonde desea. Así sucede porque el metabolismo normal, no perjudicado por la depresión, la apatía física o la mentalidad de privación, es proporcional a la superficie corporal y por ello mismo, superior en las personas más gordas. Es decir que con una alimentación normal se está ingiriendo una cantidad de energía menor que la necesaria en estas circunstancias, cosa que lleva a una lenta reducción del peso.
Nadie tiene necesidad alguna de vivir pesándose, o de contar calorías, o de usar productos dietéticos. Todo esto significa privación y tentativa de interferencia del raciocinio en el proceso natural de administración energética del cuerpo. Y los efectos de este esfuerzo de interferencia son negativos.
No hay prisa alguna en llegar al peso ideal cuando uno vive ya en condiciones normales, come de todo, es más activo físicamente y se siente con derecho al libre ejercicio de la vanidad física. Resuelto el conflicto psíquico, el individuo ya está libre y tendrá en su fuero íntimo la certeza de que se está encaminando a la pérdida de peso definitiva. Esta certeza trae consigo el optimismo y el coraje necesarios para experimentar una nueva condición de vida. Lo nuevo, aun cuando se prevea que va a ser agradable, es siempre una aventura y requiere el valor de embarcarse en ella. El optimismo y la ausencia de sufrimiento determinan el fin de la depresión crónica, cosa que disminuye el hambre y facilita el establecimiento de nuevos hábitos, tan indispensables para la verdadera curación.

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