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La sal es uno de los condimentos más populares y tradicionales de la cocina mundial, no en vano su consumo está generalizado y el inicio de su empleo como conservante de alimentos hay que datarlo hace muchos siglos. Procede de la extracción del agua del mar o de yacimientos subterráneos, y se compone de cloro y sodio, minerales esenciales que hemos de incorporar a nuestra dieta a través de los alimentos, dada la importancia de las funciones que desempeñan en nuestro organismo. El problema reside en que el consumo excesivo de sodio está sobradamente identificado como factor de riesgo de la hipertensión arterial, que deriva en situaciones de riesgo cardiovascular.

La presencia de sal en los alimentos se debe a dos funciones principales: realzar su sabor y conservar el alimento. Pero la industria alimentaria añade también a sus productos otras sustancias que contienen sodio, como los aditivos, ya sea con fines conservadores, estabilizantes, emulgentes, espesantes y gelificantes, o como potenciadores del sabor o edulcorantes.

Pero deviene necesario incorporar una cantidad suficiente de sal a nuestra dieta, porque facilita la digestión, ayuda a mantener el nivel de líquidos corporales, permite la transmisión de impulsos nerviosos, la actividad muscular y la adecuada absorción de potasio, y, además, compensa las pérdidas producidas por el exceso de sudoración, vómitos y diarreas.

Sin embargo…
Las necesidades diarias de sal son pequeñas, unos 4 gramos de sal por día, lo que equivale a 1,6 gramos de sodio diarios (1 gramo de sal contiene 390 miligramos de sodio). La OMS recomienda que las personas adultas no superen los 6 gramos de sal al día o, lo que es lo mismo, 2,4 gramos de sodio diarios. Para los niños de 7 a 10 años, el límite es de 4 gramos de sal diarios ó 1,6 gramos de sodio; y para los menores de 7 años, los 3 gramos ó 1,2 gramos de sodio. El problema es que para atender a esta recomendación no sólo hay que controlar, y mucho, la cantidad de sal que el consumidor añade voluntariamente a la comida que prepara y consume, sino que debe evitar o consumir muy moderadamente los numerosos alimentos elaborados que son ricos en sodio.
En nuestro país, los especialistas dan por cierto que cada persona consume de media entre 10 y 12 gramos de sal cada día, lo que representa prácticamente el doble de la dosis máxima recomendada por la OMS. Y quienes más saben de nutrición aseguran que tres cuartas partes de la sal que se consume proviene de alimentos elaborados, no frescos.

Es sabido que nuestra cultura alimentaria es demasiado salada, lo que redunda negativamente en la salud de la población. Por tanto, la mayoría de la gente debe reducir el consumo de sal, y lo óptimo sería que lo hiciera desde la más tierna infancia, educando el paladar desde un principio.

¿Por qué el consumo excesivo de sal es perjudicial?
Cuando en un determinado momento nos pasamos con la sal, bien por comer veinte aceitunas o una lata entera de anchoillas en aceite o cien gramos de jamón curado, este exceso no trasciende de un modo inmediato en nuestra salud, debido a que en condiciones normales el superávit de sal es eliminado fácilmente por el organismo.

No obstante, si el abuso en el consumo de sal se realiza de forma habitual o si el organismo se ve incapaz de eliminar ese exceso (y una de estas dos circunstancias, e incluso las dos, se dan en mucha gente), las consecuencias podrían ser muy graves para la salud. Y, por tanto, la primera medida a adoptar es reducir drásticamente el consumo de sal.

Procede ya describir con cierto detalle los efectos de un consumo excesivo y prolongado de sal: retención de agua, (con el consiguiente aumento de peso y con la exigencia planteada a corazón, hígado y riñones de manejar mayor volumen de líquido y trabajar por encima de sus posibilidades), aumento del riesgo de hipertensión arterial y empeoramiento de los síntomas asociados a enfermedades del corazón, hepáticas y renales. Además, fumadores, diabéticos y obesos ven agravada cualquier disfunción del organismo; el consumo excesivo de sal se ha asociado también a enfermedades tan graves como el cáncer de estómago y la osteoporosis (un alto consumo de sal aumenta la excreción de calcio por la orina, lo que favorece la desmineralización del hueso).

La mayoría de los alimentos frescos no contienen sal, si bien algunos presentan sodio de forma natural; es el caso de las vísceras, como riñones e hígado, o el marisco. Pero la mayor parte de sodio que ingerimos se encuentra en los alimentos procesados -ya por la adición específica de sal, ya por la de aditivos que contienen sodio-, por lo que antes de comprarlos conviene comprobar cuánta sal contienen. Y sería muy sencillo hacerlo si figurara este dato en su lista de ingredientes o en la información nutricional. Porque es frecuente que no figure en los etiquetados. Todavía no es obligatorio informar de ello, salvo cuando los alimentos no aludan de modo destacado a la sal (”bajo en sal”, por ejemplo) en sus etiquetados. Pero no es suficiente con conocer el contenido en sal, ya que algunos aditivos, como el glutamato monosódico E-621 (potenciador del sabor, cuya presencia en los alimentos puede ser de hasta 10.000 ppm, partes por millón) contienen mucho sodio, lo que puede hacer elevar de forma significativa el contenido en este mineral del alimento. Este aditivo es muy común en aceitunas rellenas o con sabor a anchoa, croquetas de jamón, sopas de sobre, gusanitos, pizzas, cubitos de caldo y salchichas, entre otros muchos productos.

Todos debemos controlar la ingesta de sal, porque casi todos abusamos de ella pero deben esmerarse, y limitarla sobremanera, quienes padecen hipertensión o mayor riesgo de problemas cardiovasculares. Hemos de convencernos de que el gusto por la sal es adquirido y, por ello, es del todo posible modificarlo, educarlo. A medida que se ingiere menos sal, la preferencia por lo salado también disminuye. Sólo hay que dar el primer paso, animarse. Para ello pueden servir las siguientes sugerencias.

-Comer más alimentos frescos, que contienen menos sodio.


-Reducir drásticamente el consumo de los más ricos en sodio.
-Ojo con el pan, es una fuente considerable de sal. Quienes acostumbran ingerirlo en grandes cantidades, deberían plantearse el paso al pan sin sal.
-Reducir el empleo de sal cuando cocinamos: cocinemos los alimentos sin apenas sal y dejemos que cada comensal agregue la cantidad que desee al final.
-Reducir el empleo de salsas como mayonesa, mostaza, salsa de soja o ketchup, sustituyéndolas por guarniciones con menos sal: pimientos, patatas, verduras…
-Si se come fuera, pida que le sirvan comida con poca sal, y que las salsas y aderezos se presenten aparte, sin mezclar con el alimento principal del plato.
-Recurra a las cocciones al vapor: al no existir un medio con el que el alimento entra en contacto, no hay cesión de sustancias sápidas a dicho medio, y se conserva mejor el contenido natural del sodio en origen del alimento, por lo que se acusa menos la necesidad de añadir sal.
-Utilice hierbas y especias para condimentar sus platos. No se trata, en este caso, de prescindir la sal, sino de usarla en menor cantidad. En hortalizas y verduras puede usar perejil, albahaca, cebollino, comino, pimienta, zumo de limón.

 

-Con carnes y pescados combinan muy bien pimienta, pimentón, ajo fresco, ajo y cebolla deshidratados, así como zumo de limón y vinagre. Si se emplea aceite de oliva virgen y vinagre, se encubre un poco la falta de sal.


-Tenga siempre a mano productos bajos en sodio.
-Emplee sal de bajo contenido en sodio (contiene la mitad de sodio que la sal común), sal de cloruro potásico (carece de sodio y se ha de emplear tras el cocinado, porque si no, se vuelve amarga) o la sal marina que, por su sabor más acentuado que la sal común, permite emplear menor cantidad para sazonar las comidas.

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El agua con gas, gracias al ácido carbónico,  estimula la secreción de los jugos gástricos por lo que facilita las digestiones. Esto resulta muy beneficioso para quienes padecen dispepsia o digestiones pesadas. No obstante, quienes presentan problemas de aerofagia o meteorismo han de evitar consumir este tipo de agua, así como cualquier otra bebida gaseosa, ya que todas ellas empeoran estos molestos síntomas, como son los gases, el dolor gastrointestinal y la hinchazón abdominal, entre otros.

Se ha extendido la creencia de que el agua con gas es una bebida con calorías y, por tanto, no está indicada para personas con exceso de peso. La realidad es que el agua, con gas o sin gas, no aporta caloría alguna, por lo que cualquiera de los dos tipos de agua se puede consumir sin problema en caso de sobrepeso u obesidad. No hay que confundir el agua con gas con otras bebidas de apariencia similar, como la tónica o la gaseosa edulcorada

Sobre todo en días calurosos, hemos de mantener suficientemente hidratado a nuestro cuerpo, ya que las pérdidas, máxime por sudor, suelen ser importantes. No hay que olvidar que cuando se bebe suficiente líquido se obtienen numerosos beneficios para la salud. Pero, ¿cuándo es mejor beber agua: antes, durante o después de comer? Esta es una cuestión en boca de muchas personas, en parte por la creencia popular de que el agua engorda si se toma durante las comidas.

El hecho de tomar líquidos (agua u otras bebidas) antes, durante o después de las comidas nada tiene que ver con que estos alimentos tengan capacidad de engordar más o menos. Lo que sucede es que se diluyen los jugos gástricos y, consecuencia de ello, la digestión se hace más lenta, es decir, tarda más tiempo.

Por esta razón, a las personas afectadas de digestiones difíciles o pesadas les puede resultar más conveniente omitir cualquier tipo de bebida (excepto el agua con gas) durante las comidas o justo después de las comidas. Sin embargo, para quienes no sufren ningún trastorno digestivo no hay una explicación dietética ni científica que justifique que no se puedan ingerir líquidos en esas situaciones.

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El cuerpo humano está compuesto en un 70% de agua, por lo tanto, es el componente principal de nuestro organismo.

Ahora bien, el agua sin más no engorda, porque no tiene calorías. Ni antes de las comidas, ni en las comidas, ni despues de las comidas. Sí hay que tener en cuenta que cuando se toma mucha agua durante las comidas los jugos gástricos se diluyen y se tarda más en hacer la digestión, con lo que da la sensacíon de tener el vientre hinchado.

Es más, se recomienda beber agua antes de las comidas para tener mayor sensación de saciedad, de unos quince a veinte minutos antes.

¿Por qué produce sensación de saciedad? Porque el cuerpo humano tiene una serie de mecanismos para hacer que se deje de comer. Uno de ellos es la dilatación del estomago; el estomago manda un impulso al cerebro diciendole que tiene ya sufiente volumen de alimento que procesar.

Es importante no anticiparse demasiado en beber agua porque al no tener nutrientes dicha agua el estómago la procesa muy rápido y la envía directamente al intestino delgado.

Un consejo que puedo darles para tener mayor sensación de saciedad es tomar de primer plato, una sopa o un caldo porque así aprovechamos el volumen del líquido y los nutrientes del caldo, por lo que el estómago estará mas tiempo procesando el alimento y mandará antes la señal de saciedad al cerebro.

Ahora bien, el problema está en que no sabemos que está  disuelto en esa agua, es decir, cuantas sales minerales contiene.

El organismo tiende siempre al equilibrio, esto es:

Imaginaos que una célula de nuestro cuerpo es un cubo de agua y que el equilibrio reside en que en ese cubo(célula) haya dos cucharadas de sal disuelta en ella por cada litro de agua. Si nosotros agregamos dos cucharadas más de sal a este cubo, el cuerpo para mantener su equilibrio necesitaria otro litro de agua, con lo que el volumen de esa célula sería el doble.

Este es el principio de la retención de liquidos. El cuerpo en vez de eliminar, por el sudor o por la orina, ese exceso de agua lo que hace es retenerlo, en forma de grasa, para compensar la concentración de sales minerales.

Es por esto que se dice que el agua engorda.

Mi consejo es: como no estamos del todo seguro de la concentración de sales minerales que hay en el agua corriente de cada población se utilice agua embotellada de mineralización débil o jarras filtradoras de agua.

De esta manera nos aseguraremos una ingesta menor de sales minerales, metales pesados y cloro.

Los metales pesados se acumulan en los órganos vitales de nuestro cuerpo, sobre todo el hígado, provocando, a la larga, alergias, disfunciones, y demás enfermedades.

Simplemente con un pequeño gesto en nuestros habitos con respecto al agua, aumentaremos considerablemente nuestro bienestar.

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